martes, 21 de mayo de 2013

Pataquiva


[Aquí re-escribiendo cuentos].
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Cede a la humana costumbre de reconstruir las situaciones con desenlaces trágicos, en busca de ese pequeño detalle que modifique el curso de los hechos. Tiene la tentación de rescatar la moneda, pero cuando está a punto de lanzarse al fatídico encuentro, el susto del presentimiento lo detiene en el último instante. Sobre el pavimento yace Gregorio Pataquiva aplastado por un bus Iberia - Cra. 15. Algunos segundos antes del inaplazable suceso, Gregorio Pataquiva era un hombre gordo que saltaba del andén a la vía tras una moneda de quinientos, como un hipopótamo en tutú bailando ballet. Gregorio Pataquiva, que sólo tenía consigo mil setecientos pesos, 95 kilos y una diligencia notarial, creyó que debía ir tras la moneda antes de perder el bus. No se puede decir que el conductor no lo vio, porque si alguien no pasaba desapercibido era Gregorio Pataquiva. Lo vio, sí, pero lo hizo tarde. El bus no pudo más que seguir el curso natural de los hechos, el destino, los inescrutables caminos del Señor. 

Dicen que en el momento de morir toda nuestra vida se nos presenta en un segundo como una película. Gregorio Pataquiva no fue la excepción. Tal vez le tomó más de un segundo, pues ya sabemos de la lentitud de sus movimientos; el caso es que, como fuere, asistió a la proyección de toda su vida. Repitió su nacimiento desde una posición privilegiada, el bautizo, la primera comunión. El primer partido de micro que jugó en el colegio en el que su equipo perdió siete goles a cero; “Aish, este gordo marica… pásela, hermano”. Vio los suculentos platos de arroz con pollo que hacía su madre, Doña Efigenia, los sancochos de los domingos y los tamales de fin de año. Volvió a los paseos de olla que hacían al río en Prado y a las fiestas en las que se hizo famoso por su particular forma de bailar merengue. Vio la primera cita con su novia Inés, los paseos de ambos al parque de los novios, la reunión en casa de sus padres cuando le propuso matrimonio. Vio, en fin, la vida a su lado, el nacimiento de su hijo Élder, la felicidad y la desgracia de las rutinas. 

En una milésima de milésima de segundo de la película, a su alma noble y ligera se le antoja reconstruir los hechos que llevaron a que esa mañana el cuerpo de 95 kilos al que estaba atado se lanzara al encuentro de un bus. Esa mañana su esposa Inés lo había despertado a gritos. “Qué hubo a ver, Gregorio, en qué quedamos anoche. No va a alcanzar a la vuelta de la notaría y el niño otra vez sin ir a estudiar. Despabílese, hermano, que vea que no estamos cagando billetes”. Gregorio madrugaba, sí, el problema era levantarse. Su voluntad podía ser fuerte, pero su cuerpo lo dominaba. Se levantó como pudo y arrastró su cuerpo sostenido en sus acolchados pies de muñequito de peluche. Debía correr, la situación lo pedía. El dinero comenzaba a escasear y Élder no había podido volver al colegio porque no tenían cómo pagar la matrícula. 

Gregorio en general se las arreglaba como podía. Hacía arreglos de electricista y uno que otro de plomería. Ganaba poco y lo poco que ganaba se iba entre las demandas de Inés, las pataletas de Élder y los “camine nos echamos unas frías” de sus amigos. Lo único que menguaba la situación era la pensión de su padre fallecido cuya renta, sin embargo, llevaba tres meses congelada por falta de garantías. ¿Cómo así que falta de garantías? Pues esos eufemismos de los bancos para trabajar con la plata ajena. “Necesitamos un certificado de supervivencia y una copia de la resolución de la pensión”, le dijeron. Entre los arreglos, los problemas domésticos y su habitual pachorra, Gregorio Pataquiva había dejado pasar la diligencia en la notaría. 

“Me hace el favor mañana me madruga y se va a hacer esa vuelta de la notaría. ¿O también se va a dejar quitar la pensión?”.

“Negrita, su mercé tranquila que yo mañana salgo de esa vuelta”.

“Llevamos tres meses con ‘su mercé tranquila’ y vea, gordo… Pero para irse con el Pedro a ver fútbol ahí sí está listo. Pues no, señor. Me hace el favor y hoy se me acuesta temprano y sale de esa cosa mañana mismo. Que no pase un día más, gordo”.

Esa noche Gregorio Pataquiva fue a la tienda de Doña Lucía a comprar un cigarrillo. Pagó los trescientos del pucho con el único billete de dos mil que le quedaba; la vecina le devolvió un billete de mil, una moneda de doscientos y una de quinientos. De haber tenido el billete quizás ninguna moneda se habría escapado esa mañana, pero a su alma se le antoja pensar que ese detalle no es tan importante. A las 8:40 del otro día, Inés levanta a gritos a Gregorio, quien no tiene más opción que obedecer y meterse a la ducha. El frío del agua lo saca en cinco minutos. A las 8:47 toma del clóset unos jeans que compró en el pasado diciembre, una camisa azul de rayas y una chaqueta de café que usa para “las cosas de oficina”. Gregorio Pataquiva se ahoga poniéndose la ropa. Se sienta en el borde de la cama en esqueleto y calzoncillos y toma el primer impulso. Mete un brazo blanco y felpudo por una de las mangas de la camisa y luego de un respiro repite la maniobra con el otro. Se cierra los botones, pero le quedan corridos. Inés lo supervisa con la mirada asesina de los que van albergando el rencor en su alma. Se termina de vestir con torpeza y parsimonia. Cuanto más se afana, más se equivoca. 

Guarda los mil setecientos de las vueltas del cigarrillo en uno de los bolsillos de los jeans. Abre la puerta, ese último umbral entre la vida y lo que viene. Se despide de su esposa y del niño y se va. Baja las escaleras dejando caer su peso en cada escalón. Por cada paso se sacude su papada y el cuerpo se abalanza. En la mitad del descenso reconoce un olvido, algo como recibos y papeles que decide dejar. Es la segunda renuncia de una larga cadena: primero fue el cigarrillo, ahora el soslayo de la memoria. Nimias incidencias que se juntan para llegar al bus a la hora justa. Mira el reloj, sabe con certeza que va tarde. Y quizás no.

Llega lento pero seguro a la parada del bus. Advierte a lo lejos la presencia del Iberia-Cra. 15 que lo llevará por fin a su destino. ¡Cuánto alivio! Busca el billete y las monedas en los bolsillos del pantalón. Como puede mete sus dedos gruesos que atrapan el billete de mil. El Gaitán sale con ligereza, una tal que deja escapar por los aires la moneda de quinientos. El alma de Gregorio Pataquiva que es más ligera y menos impulsiva que su dueño se abstiene de lanzarse como el hipopótamo en tutú tras la moneda. Por el contrario se resigna a su pérdida: la tercera y última acción en la cadena de renuncias. 

El alma se salva de terminar aplastada por un bus, sólo que, perdida en el ejercicio de la reconstrucción, se olvida de los 95 kilos de Gregorio Pataquiva que yacen sobre el pavimento. Ignora que no es más que un alma y que todo lo que viene después de la última renuncia ya no pertenece al mundo de los vivos. El cuerpo, que ha terminado de asistir a la proyección de la película de su vida, deja en algo más de un segundo de respirar. “El gordo”, como le decían, ahora es un amasijo de vísceras. La cabeza ha quedado ensangrentada, levemente ladeada a la derecha. Los ojos reposan abiertos con ese aire de beatitud de los lechones sacrificados. Difícilmente se reconocen los rasgos bonachones de aquel rostro mofletudo que era Gregorio Pataquiva. Nada cambia el hecho de que haya sido aplastado por un Iberia-Cra. 15. Pero el alma, distraída por la veleidad de haber hallado ese pequeño detalle que modifica el curso de los hechos, alarga el brazo para detener a su bus metafísico, pide que lo lleven por mil doscientos y se sube. 

—A esto no le cabe ni un alma —protesta para sí.

Un hombre a su lado responde: —Ehh… va pal cielo y va llorando. 

—Ya. Mire… no tengo tiempo para discusiones inútiles. 

—Exacto: no tiene tiempo. 

—Ajá, eso ya lo sé. 

—Y si lo sabe, ¿por qué se afana? 

—Porque no tengo tiempo. Es muy claro, ¿no?

—Claro no, ¡absurdo! 

Comenzó a sentirse fastidiado. Suficiente tenía con la hora y el afán de llegar a la notaría como para que ahora tuviera que soportar a un viejito senil, con ínfulas de mentalista y filósofo; un Jodorowski de bus; ¡un loco! 

—Tal vez todo lo que hay que hacer es ignorar al viejo y ya. Como cuando a la abuelita Dolores le da por preguntar por gente muerta y por pedir que los llamen a ver qué es de sus vidas: se le da su leche, se le manda a dormir y ya está. No me voy a amargar por un viejo loco de tanto vivir. 

—En realidad no viví tanto —dijo como queriendo explicarse—. Después de dejar mi cuerpo tuve una juventud de espíritu chocarrero: me la pasaba en casas de espiritismo con brujas de poca reputación e incluso llegué a traficar almas en el bajo mundo. Cuando traté de aplacarme trabajé como tramitador en las oficinas de reencarnaciones. Llegaba temprano para conseguir los primeros puestos en una cadena infinita de turnos. A veces lograba maquillar pecados para facilitar las reencarnaciones. Mis tarifas dependían del servicio; las reencarnaciones de larga duración eran las más costosas. Es difícil lograr una. Cuando llegué aquí lo hice con un permiso de tránsito: podía permanecer en este mundo pero no cruzar la frontera en búsqueda de contacto con los vivos. Hay médiums que prometen llevarlo al mundo de los vivos cruzando por “el hueco”. La verdad, siempre me ha parecido riesgoso. Algunos nunca logran cruzar y se quedan en el limbo. Igual, si incluso después de lograrlo alguien de inmigración lo descubre lo deportan de inmediato. Conozco almas que nunca volvieron a reencarnar y que hoy siguen pagando penas de por vida. En una época sí quise reencarnar. Traté de ganarme la vida limpiando consciencias hasta que me di cuenta de que eso de reencarnar no es nada del otro mundo. Total, uno aquí ya no se va a morir de hambre. Además, tampoco se sabe en qué se puede reencarnar; es una lotería: arañas, tomates, computadores, almorranas. Tengo un tío que fue corredor de bolsa y ahora es pie de atleta. Ayer leí en el periódico lo de la nueva Ley de Transmigración de Almas. Eso como que es un sancocho. Que ahora el alma no puede jubilarse sino hasta las setenta reencarnaciones. ¡Setenta! A este paso los más jóvenes nunca se van a jubilar. Lo que nos tiene jodidos es tanta alma corrupta allá arriba. Otra vez lo veo inquieto, ¿busca alguna dirección?

—Sí —respondió confiado, como si no hubiese asistido a semejante relato—. Voy para la Notaría Veinticuatro. Me dijeron que era por la 77 arriba de la 15, pero no sé bien por dónde vamos. Me preocupa pasarme; tengo el tiempo contado. 

—Lo tenía, querrá decir.

—Si no llego en diez minutos, mi mujer me va a matar.

—¡Imposible!

—Ah, usted no la conoce. Me tuvo todo el fin de semana con un sirirí, que no se me fuera a olvidar lo del certificado de supervivencia para que nos den la plata de la pensión de mi papá, que sin eso no alcanzamos a pagar el colegio del niño.

En esas se ha subido un vendedor por la puerta de atrás. Como si el bus no fuera lo suficientemente lleno…

—Buenos días, amables pasajeros. El día de hoy les vengo ofreciendo una colección de cinco prácticos libros para toda la familia, a todo color y con temitas de su interés: “Ouija para dummies”, “Inglés for the soul”, este librito de sudokus para matar el tiempo, “∞ reflexiones para todos los días del año” y este práctico libro con 500 recetas levantamuertos. Este material se consigue en cualquier librería por 10 mil indulgencias, pero hoy lo he traído para ustedes por la módica suma de mil indulgencias la unidad, dos mil los tres libros que tú escojas y los cinco libritos en tres mil. Les recuerdo: uno en mil, tres en dos mil y cinco en tres mil. La verdad es que yo vendo estos libros para la redención de mi mujer y mi hija de apenas tres reencarnaciones. Yo podría estar por la vida rezando o haciendo plata, pero la verdad es que prefiero ganarme las indulgencias honradamente. Le agradezco a todas aquellas personas de buena voluntad que me deseen colaborar, mi Dios les sepa recompensar. 

—¡Indulgencias! Otro chiflado en este bus. Seguro que el cuento de la esposa y la hija lo inventó para meter vicio. Setenta y cuaaatro… setenta y cinco… —se despide del viejo sin mayor solemnidad, se para y timbra. El bus se detiene justo en la 77. Se baja y camina en búsqueda de la notaría. La encuentra por fin. Van a ser las diez de la mañana. —Que no haya fila, que no haya fila —se dice—. Apenas entra el celador le pregunta a qué va. 

—Vengo por un certificado de supervivencia.

—¿Supervivencia? No, señor, aquí no hacemos esos trámites.

—Mire, señor… yo ya he venido acá antes a hacer el mismo trámite y nunca he tenido problema.

—No sé. Espere ahí en esa fila y habla con la señorita.

Ah, los celadores y su intromisión en las leyes del universo. Como si su dominio del “hale” y “empuje” les confiriera un poder superior para abrir y cerrar las puertas del mundo. Esto parece demorarse. Adelante hay un señor que viene a declarar que su alma gemela lo ha estado suplantando. “Yo soy yo y él es él —dice alterado—. ¡Cómo me va a venir a decir que ese otro soy yo!”. Le piden que se tranquilice, que van a verificar en el sistema. 

—Vea, señor, pues aquí sí nos aparece reportado dos veces. El problema es que no tenemos cómo saber cuál de los dos es usted y si usted es usted, porque como los dos son almas gemelas pues tienen la misma información reportada: número de reencarnaciones, millas acumuladas, indulgencias por mora y número de registro existencial. La única opción es que mande primero un derecho de petición a la Registraduría de Almas para que verifiquen las fechas de origen y procedencia de ambas. Ellos tienen una eternidad hábil para responderle. Si después de eso persiste el problema, ahí sí le toca poner una tutela. 

—Señorita, pero por favor… en esas me puedo estar gastando esta vida y la otra. ¡Es el colmo que a uno no le solucionen nada!

—Ese es el procedimiento, no puedo hacer más. El siguiente…

El siguiente caso era aún más demente. Se presentó alguien que decía ser el alma de una pera con la intención de casarse con la de una manzana. 

—El notario no puede autorizar esa unión. En este mundo todavía no se puede mezclar peras con manzanas.

—¿Y entonces?

—Y entonces nada. La única opción es que pase una carta al Despacho de Reencarnaciones y soliciten, junto con su pareja, una reencarnación para alguno de los planos astrales en los que el matrimonio entre peras y manzanas ya haya sido aprobado. Lo máximo que puede hacer el notario acá es celebrar una unión marital de hecho, pero con eso sus almas no pueden heredar las propiedades de la otra fruta. Siguiente…

—Buenos días. Vengo a solicitar un certificado de supervivencia.

La mujer de la ventanilla y todos los de la fila lo miraron como si el demente fuera él.

—¿Certificado de supervivencia? Señor, eso es imposible.

—¡Cómo que imposible, señorita!, si yo ya he solicitado otros certificados de ese tipo aquí mismo.

—Usted debe estar equivocado. Las únicas oficinas competentes para emitir esos certificados son las de los vivos. Ahí le tocaría solicitar una reencarnación al Despacho de…

—Mire, mire, mire… a mí no me va a embolatar como a los otros. Lo único que estoy pidiendo es un certificado de supervivencia que me piden en el banco para reclamar la pensión de mi papá. Yo siempre he venido acá con mi cédula y me han certificado sin problema que estoy vivo. ¿O es que no le parece suficiente con que venga yo en persona?

—Le repito que debe estar equivocado. Nosotros no hacemos ese trámite. Y si sigue insistiendo, me va a tocar llamar a seguridad para que se lo lleven y lo encarcelen en un cuerpo por 48 horas. 

Siempre había lamentado tener que asumir las diligencias del mundo pero esta vez la burocracia le pareció un infierno. Sabía que si llegaba a su casa a contarle a Inés de la demente jornada no le iba a creer una sola palabra. 

—Señorita, mire, entiéndame… en mi casa me esperan mi esposa y mi hijo con ese certificado. Si no llego con eso, soy hombre muerto.

—Pues, justamente, es que usted ya es hombre muerto, por eso no le podemos dar el certificado.

—No, usted no me ha entendido. Voy a ser hombre muerto si no llevo ese certificado, no al revés.

—El que no ha entendido es usted. Si estuviera vivo no estaría acá y, en todo caso, esta es una notaría para almas. Si le interesa un certificado de supervivencia, pues intente ir al mundo de los vivos a pedirlo, pero aquí ya no podemos hacer más. 

—Todos ustedes están locos. ¡Desalmados! —comenzó a gritar fuera de sí.

—Llamen a seguridad, saquen a esta alma por favor.

Pronto lo abordaron dos celadores y lo sacaron de la notaría como a un alma de perro. Le sorprendió la facilidad con que lo botaron a la calle, teniendo en cuenta los habituales 95 kilos que ni él mismo podía controlar.

martes, 14 de mayo de 2013

Euforia

Dice Vila Matas que no todas las personas que bajan al metro vuelven a la superficie. Parte de un rumor, claro; pero uno que en el fondo sugiere que aquellos que descienden al metro no son los mismos que regresan. Cuatro días antes de saltar a la carrilera del metro en el segundo 40 del minuto 27 de las seis de la tarde, llego a la misma estación con el loop de un tango en la cabeza y el sabor del vino aún en la boca. “Las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué se yo, ¿viste?". Entre la mezcla rara del penúltimo linyera y el primer polizonte del viaje a Venus aguardo el tren. Veo cómo se asoma por el túnel que lo envuelve; viene tan rápido… "Los semáforos me dan tres luces celestes", dice el tango; el tren también me da las suyas. Siento una euforia nunca experimentada. ¿Y si saltara? Lanzarse al abismo, a un metro o a un río implica ir al encuentro de algo. El pavimento, el tren, el agua: materias esenciales para choques necesarios. No cedo a la traición de la euforia. El tren llega, abre sus puertas y cruzo la línea amarilla sin el peligro de la caída. Una estación después estoy en Manzoni. Vuelvo a la superficie como si nada, pero la euforia y el metro ya han hecho lo suyo de forma soterrada. 

En el segundo 40 del minuto 27 de las seis de la tarde del jueves 13 de noviembre salto a la carrilera del metro de Re di Roma. No me acompaña la euforia, aunque sí el hastío o un sin sentido propio de lo subterráneo. También -todo hay que decirlo- me invade la sorpresa de quien, ante lo que parecía una broma con exceso de dramatismo, me ha tomado en serio. Esa misma tarde Carmine Soprano se ha comido el cuento de que me quiero suicidar. Hemos almorzado pasta con salsa napolitana de conserva junto a la francesa con la que comparte piso. Luego hemos tomado un espresso y nos hemos encerrado en su cuarto a hablar. Cada uno ha tomado una silla junto a la mesa de la luz. Tengo los pies fríos y los zapatos mojados; el peso del agua cae por las botas del pantalón. 

Antes de tomar el autobús hasta la casa de Carmine Soprano he visitado la Feltrinelli de Largo Argentina. He tomado prestado, como todos los días, Parigi non finisce mai (Paris no se acaba nunca) de Enrique Vila Matas. He simulado que el libro es mío, he subido hasta el café de la librería y he justificado el abuso de la lectura con un capuccino de un euro con veinte centavos. Ese día, sin embargo, llego a la última página. Se acaba París no se acaba nunca. Un raro sentimiento de negación al abandono se transforma en capricho: compro el libro cuando ya lo he terminado y con ello desafío la propia economía. Salgo. En mi maleta reposa un libro nuevo que ya no hay que leer. Caen algunas pocas gotas mientras espero el autobús. El autobús llega, me subo y comienza una lluvia que más parece bogotana. Me quedo en Piazza Re di Roma bajo el amparo de un pequeño paraguas. Camino hasta Via Cesaria 4 donde vive Carmine Soprano. 

Sentados en nuestras respectivas sillas Carmine Soprano me ofrece un par de medias. Yo me niego por un asomo de estética más que de vergüenza. Me pide que me quite los zapatos, pero ahí sí la vergüenza no me deja. Carmine Soprano me ha visto desnuda pero no con los pies mojados. Vuelvo a negarme. Me pide que hablemos como intuyendo que hay algo importante por hablar. Me pregunta cómo estoy y yo respondo con la sinceridad de mi euforia emparamada. Le cuento que Paris no se acaba nunca se me ha acabado y que he comprado el libro con algo de manía. Le hablo del Vila Matas del libro: el joven que amargaba a los amigos con la idea recurrente de la muerte, sólo por ser un poco gris, bohême y situazionista. Yo también me reconozco en esa idea, le digo. Carmine Soprano parece sorprenderse. Le confieso mi morbo cínico por la muerte sólo por parecer una tragedia ambulante. Río con falsedad. Él parece advertir eso que se escapa con la risa. Le hablo del domingo y del metro y de la euforia y en sus preguntas descubro el reverso de aquél sentimiento: el miedo. 

Mi hastío adolescente por la vida siempre se había perdido entre el hastío general: ¿o qué es un suicida en una edad de suicidas? Y si no hubiese sido por la credulidad de Carmine Soprano, habría terminado por lanzarme a las líneas imaginarias y a los trenes metafísicos. Llevaba cuatro días jugando con la idea de saltar a la carrilera del tren y lo hacía porque sabía que nunca me lanzaría y porque nadie allí en la superficie pensaba que podía hacerlo en serio. Pero Carmine Soprano me creyó. Nos despedimos con una solemnidad que me parece excesiva. Siento en él una súplica y la responsabilidad de justificarla más que de responder a ella. Tomo mi sombrilla que aún escurre agua y me monto en el ascensor. Con la premonición del Dante del Inferno y del Borges del Aleph, comienzo mi primer descenso. 

Bajo los cuatro pisos que separan el apartamento de Carmine Soprano del pavimento mojado de Via Cesaria. Tengo ganas de volver, pero el temor de parecer vulnerable e infantil me refrenan. Empiezo a creer en mí, tanto como él, y cuando me doy cuenta no sé qué hacer con ello. Entro a la estación con calma y a la vez con urgencia porque allá afuera llueve que da miedo. Dejo escurrir las gotas que me bajan desde la cabeza y paso el tiquete por la registradora. Dilato cada movimiento como si fuese el último: el agua me hace torpe y tengo la parsimonia propia de la indecisión. Tomo las escaleras en sentido Battistini. Me miro los zapatos húmedos, las hormas de cuero duro y marrón de mi acompañante de escalón y las rayitas repetidas de la escalera eléctrica. Veo las luces del túnel final que mi miopía difumina y la grasa pegada a las paredes que deja el vapor de los trenes a su paso. 

Elijo una silla por 30 minutos. Sentada veo trenes que llegan, puertas que se abren, gente que sale, gente que entra, puertas que se cierran, trenes que se van. Durante esos treinta minutos llegan cinco trenes, tal vez seis. Un pequeño tablero electrónico muestra en luces amarillas que son las 6:27 de la tarde. Me digo que es hora de irme a casa. Me levanto de la silla dudosa de elegir el próximo tren pero segura de alguna otra cosa. Sin embargo aún es demasiado temprano para saberlo. Entre los segundos 15 y 38 del minuto 27 de las seis de la tarde camino junto a la línea amarilla. Vuelvo al tablero electrónico que señala la hora. Veo un 6 y un 27 que se sobreponen y de los que se desprenden ráfagas de luz. Sin pensar, sin euforia, con credulidad o sin sentido, salto a la carrilera del metro en el segundo 40 del minuto 27 de las seis de la tarde. Un policía me salva. Yo me echo a correr. 

Tal vez en la estación perdí mi sombrilla. Al volver a la superficie, el agua, la oscuridad y la miopía prolongan la falta de orientación. Corro sin temor a resbalar. Los pulmones se inflan y botan un aire húmedo por la boca. Pronto siento una presión en el pecho y el corazón acelerado. La velocidad y quizás la lluvia me hacen ignorar que lloro. Me duele la garganta. Un nudo seco me ahoga. Corro por inercia sin necesidad de mapas y vistas a los nombres de las calles. No siento frío, aunque tiemblo. Corro por quince, veinte, treinta minutos. Corro por una cantidad infinita de minutos que en un plano cartesiano pretenden alejarme del segundo 40 del minuto 27 de las seis de la tarde. En alguno de esos minutos me detengo. Estoy en Via Conte Verde 66, justo en frente de mi casa. Abro la puerta, camino al ascensor. Me encierro en esa cajita que sube y sube por una cantidad infinita de pisos que en el eje vertical de un plano cartesiano pretende alejarme de la estación de metro Re di Roma. Salgo del ascensor. Meto la llave en la cerradura y ésta gira sin resistencia. Entro y me desplomo en llanto como una recién nacida. 

He tocado fondo, uno literal. En el computador me espera un mensaje de mi padre: algo sobre el valor y la mesura de los impulsos. No entiendo cómo él, que no es madre ni tiene sexto sentido, puede escribir algo tan justo. La euforia ahora es miedo de haber sido capaz. De nuevo, como el Borges del Aleph, "temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver". Pasa una hora, quizás más. La llave de mis tíos entra en la cerradura y el timbre anuncia su presencia. Me limpio las lágrimas y saludo. En la cocina compartimos un pedazo de pizza.

lunes, 6 de mayo de 2013




Me encontraron hoy. Me sacaron del calor de mi estante y me trataron de acomodar con mis formas juveniles. La luz era definitiva, no como los hilos intermitentes que entraban cuando abrían o cerraban el armario. La verdad es que estuve mucho tiempo entre una caja de herramientas y una camiseta roja, fría y sin usar. A veces un hombre sacaba la caja, hurgaba ahí adentro y la regresaba a su lugar. El respiro era efímero. La mujer que me encontró es la misma que he visto desnuda cada mañana, revolcando telas con flores sin saber bien qué elegir. También la he visto esconder bolsos y ropa que ya no usa en la cima de este edificio de cajones. Esa mujer ha crecido; se parece mucho a mi ama. La última vez que mis tejidos rozaron su pelo el suelo parecía más cercano. Sentía también que su cabeza era más amable y se acomodaba a mi horma sin hacerme estallar. Ahora la mujer me enrolla y me dobla por todas partes. Me invade el dolor del que ha pasado la noche mal acomodado. 

Antes de llegar a la oscuridad de este armario era un brillante sombrero de paja colgado en una puerta. Mis tejidos eran finos y mis formas definidas. Me gustaba el vértigo de pasar de cabeza en cabeza a distintas alturas. Un día me amarraron una cinta amarilla a la cintura. El detalle no me disgustó; supuse que me esperaba algo importante. Fueron las manos laboriosas de mi ama las que me ataron la cinta y me acomodaron un moño. Luego me soltaron en la cabeza de una niña... sí, la misma de la mujer que hoy trata de repetir la maniobra frente a un espejo. El pelo de la niña era liso y débil, muy parecido al que tiene ahora. Mi ama, por su parte, tenía una cabellera gruesa y larga. Sus hilos azabache me agarraban con fuerza y me dejaban inmóvil. La niña, en cambio, me llevaba como a un objeto enclenque. 

Por esos días me sacaron de esta casa. El hombre de la caja de herramientas cargaba a la niña que a su vez cargaba conmigo. Yo en su cabeza, ella en sus brazos, él sobre sus pies. Así andamos abrazados a la seguridad del otro. Durante el camino el viento amenazó con hacerme volar. Cuando el hombre soltó a la niña y la puso sobre el suelo, fuimos ella y yo y nuestras inseguridades. Recuerdo el ladeo de su cabeza y el movimiento torpe de sus zapatos blancos: de-re-cho a-de-lan-te... ahora el iz-quier-do. Todo eso me mareaba. Después de ver la luz y sentir el viento, la niña y yo fuimos dejados en el encierro de un enorme salón. Por la ventana se veía al hombre de las herramientas cada vez más lejos; ahora el mundo era un bazar de niños y sombreros. De repente me empecé a sofocar. Acostumbrado a la paz de lo alto de mi puerta, no lograba soportar la algarabía. Pronto sentí que la suave cabeza de la niña se transformaba en una caldera. Ella y yo éramos un solo amasijo de pelo sudoroso y paja. Luego una mujer nos levantó y nos plantó en el centro del salón. La niña cantaba y aplaudía; otros pies pequeños la acompañaban. El piso rojo brillaba y se movía.

Al regresar a casa fui confinado al armario. Desde allí vi la oscuridad del día que empezó a parecerse a la oscuridad de la noche. Permanecí oculto, intuyendo apenas los cambios del armario y la casa y quienes la habitaban. Una parte de mí logró observar con sigilo, por todos esos años, al hombre de la caja de herramientas y a la mujer que de niña él cargaba. No volví a ver a mi ama, pero sí a una niña que crecía y se transformaba en ella; vi cómo los espacios del armario que ocupaban sus objetos, ahora eran dominio de una mujer nueva. 

Esta mañana, cuando la mujer abrió la puerta del armario parecía buscar otra cosa. Sus manos lo movieron todo aquí y allá como negándose a la pérdida de eso que buscaban. El tacto escapaba a la resignación aunque no a la impaciencia. Entonces sentí cómo algo que me oprimía se levantaba y me empujaba al suelo. Entre sombras la vi a ella. La mujer me tomó con dulzura y asombro. Sus manos me tocaron con extrañeza y me doblaron sin contemplaciones. Sentí el dolor de la falta de costumbre; había tomado la forma de un sobre. Cuando mis tejidos comenzaron a ceder la mujer me acomodó a su cabeza y se miró al espejo. Por un momento pensé que era mi ama.