lunes, 25 de marzo de 2013

Gimnasia

Me miro al espejo desnuda. Tengo el cuerpo de una mujer renacentista: cintura no tan delgada, caderas redondeadas, senos pequeños y torneados, piernas gruesas y un abdomen que no logra ser plano, sobre todo en el bajo vientre. Perseguir la esbeltez, en mi caso, supone enfrentarse a la genética materna de un cuerpo con carácter. Con un poco de disciplina alimenticia he logrado domar esto que tiende a expandirse sin pudor al menor descuido. Pero hay algo a lo que me resigné: luchar contra eso que soy, que también es de mi madre, es tarea un poco vana. Lo que veo en el espejo, desde hace seis años, es mi figura de siempre pero ahora con 14 kilos menos -a veces 12, a veces 16-. Lo demás implica una cuota de sacrificios para los que mi cuerpo tiene una voluntad natural contraria al deseo: hay algo más allá de mi carente disciplina, algo en las reacciones bioquímicas de mi organismo, que me hace desmayar en los gimnasios o sentir una presión en el pecho mientras corro; algo que se traduce en la torpeza con la que trastabillo y caigo en los juegos de basket, en la piel sensible que no resiste los embates del balón de voleibol y en la miopía por la que renuncié a la capoeira.

Decir que mi cuerpo es perezoso y que no sirvo para los deportes puede ser injusto y categórico. Soy una hábil defensa en el fútbol y salto lazo con maestría de boxeador. Pero aquellas parecen excepciones a la regla. No es sólo que sea una mujer carente del talento deportista: la verdad real es que los deportes, quiero decir, su práctica, me aburren profundamente. No logro disfrutar de actividades que, aunque en su corazón son solipsistas, exponen la propia resistencia ante los demás. No sé, por ejemplo, cómo comportarme en los gimnasios; me cuesta tener que confrontar con las habilidades ajenas y sus rutinas en comunidad, eso que mi cuerpo no da. Fuerza, resistencia, disciplina, habilidad: nada de eso me pertenece.

Alguna vez el instructor de un gimnasio dictaminó con un grito que yo era floja. Mi respuesta fue huir al baño a observar una sensación de mareo y no volver a un gimnasio nunca más.

Me gustan el baile, el sexo y el yoga: actividades físicas que me divierten y que piensan el cuerpo más allá de una máquina que se estira y resiste pesos. Pero en general me mueve la quietud. Prefiero meditar porque con ello floto como si nadara. Prefiero tocar piano porque con ello me desconecto como si corriera. Todo el movimiento que el cuerpo me reclama requiere música y cadencia; no puedo escuchar música sin sentir que bailo. A veces me aliviano y creo combatir la herencia y la voluntad de mi cuerpo con aquello. Pero ese espíritu que nos arranca de la quietud y nos lleva a escalar las montañas no me fue dado. Supongo que a cambio tengo la fe que las mueve.

domingo, 17 de marzo de 2013

Saltar

Una cuerda reposa sobre el piso. Simula ser una serpiente enroscada. Una mano se apodera de la cabeza mientras otra se ocupa de la cola. La serpiente que es la cuerda se espabila y se tensiona. Las manos que dominan los extremos se acompasan. La cuerda que parece una serpiente cobra vida. La serpiente hecha de cuerda me llama en el vaivén. Justo cuando se aleja entro al juego que propone. La cuerda toca el piso. Tac tac tac. Pego un brinco en cada choque y esquivo a la serpiente.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, ¡candela!

Un brinco por cada número, un segundo por cada brinco. Primero de frente, luego de espaldas; a los diez de lado, a los veinte del otro. La serpiente se calma de repente. Yo aprovecho para girar. Uno, dos, tres, voy girando; cinco, seis, siete, ocho, con las manecillas del reloj; nueve, diez, candela, como un trompo; tactactactactac, cierro los ojos.

Las manos de los extremos se van cansando. “Ya no puedo más”, grita la dueña de la mano que domina la cabeza. La que sostiene la cola se ayuda con las dos. Intercalo los pies mientras vuelve a bajar el ritmo. Finalmente uno de los extremos cede.

Respiro agitada. Tengo las medias del uniforme por el piso.

“Mucha dura”, exclama alguien que observa.

Soy muy buena para algo que no se aprende ni se enseña. Si un talento debo reconocer en mí es ése de saltar la cuerda. La primera vez que tuve un lazo en mis manos yo tenía cuatro años. Mi papá, motivado por la intuición del Dios de la parábola de los talentos, me compró una pequeña cuerda verde con dos agarraderas de plástico que parecían, más bien, un par de maracas. Se me ocurrió tomar con naturalidad el regalo y saltar como bien pude. A la semana sabía intercalar los pies y saltar hacia atrás. A los quince días hacía los ocho ochos. Al mes aquel lazo de hilo me quedaría corto para tanta velocidad.


Pero el don de esquivar el paso de una cuerda entraña un misterio. Tengo un par de pies semiplanos. Cuando camino tuerzo el pie derecho. A veces sospecho que tengo una pierna más larga. Me doblo con frecuencia el tobillo izquierdo. Aprendí a pegar zancadas sostenida en un par de tacones. Soy torpe bajando escaleras. Sólo me dan calambres en los pies. Soy hábil bailando samba; nunca pude con la capoeira. Una amiga dice que tengo los dedos de los pies tan largos como los de las manos. Calzo 39 aunque la apariencia muestre un pie pequeño. No sé a qué edad aprendí a caminar. Me cuesta andar con rapidez. Corro como un pequeño pony. En fin, tengo un par de pies que se comportan de manera extraña: se doblan, se tuercen, parecen de goma; pero con ellos salto lazo como Rocky Balboa.


Dice Truman Capote en el prefacio de Música para Camaleones que cuando Dios te da un don también te da un látigo y que ese látigo es solamente para autoflagelarse. No sé si tenga más talentos: desconfío de mi capacidad para escribir y de lo que tocan mis dedos en el piano. A veces me comporto como una serpiente que se muerde la cola. Pero me fue concedido el don de mover los pies al compás de una cuerda que también sirve de látigo; uno que me libera de las autoflagelaciones de aquellos dones que creo no tener.


domingo, 3 de marzo de 2013

Cicatriz


cicatriz.
(Del lat. cicātrix, -īcis).
1. f. Señal que queda en los tejidos orgánicos después de curada una herida o llaga.
2. f. Impresión que queda en el ánimo por algún sentimiento pasado.

**

A los tres años me clavé una aguja en el pie izquierdo. A los catorce se me enredó un taladro en la cabeza. A los nueve me luxé el brazo derecho. A los dieciocho me embistió una bicicleta en una competencia de bicicross. A los seis, ocho, catorce, quince, diecisiete, dieciocho, diecinueve y veintidós, tuve esguinces en el tobillo izquierdo. Ninguno de esos episodios dejó una huella visible en mí. Si el cuerpo y sus marcas hablan de la propia historia, la mía es apenas un manojo de herencias: dos lunares maternos, una constelación de pecas paternas en la cara y dos callos de tanto andar con los pies semi-planos de mi madre. Lo único que habla por mí -y mi torpeza- es una cicatriz en la rodilla izquierda, que resulta significativa por no tener más.

El origen de la marca no tiene nada de aparatoso: una caída en San Andrés, en el Hoyo Soplador, y el choque de la rodilla con un filo de arrecife de coral. La cicatriz es pequeña; apenas un rasguño. Que ésta sea la historia de mi cicatriz significativa da cuenta de una vida carente de aventuras y de un espíritu sosegado y torpe. Si el cuerpo y sus marcas hablan de la propia historia, la mía es la consecución de dolores ocultos y sucesos de nada.

¿Qué hace que una caída simple deje una cicatriz y un estrepitoso accidente no? Parece que la fragilidad de la epidermis sabe decirnos más que tres siglos de psicoanálisis.

Vuelvo a la cicatriz de mi rodilla izquierda y decido pensar en su sentido de otra forma. A los doce años hice mi primer viaje a San Andrés. A los doce años conocí el mar. A los doce años supe lo que era volar en un avión. A los doce años me coquetearon por primera vez. A los doce años, casualmente, coincidí con mi mejor amiga en el mismo hotel y en la misma calle. A los doce años supe a qué sabía el mar. A los doce años aprendí que la arena podía ser sutil y blanca. A los doce años descubrí que en San Andrés también llovía. A los doce años tuve la primera y única caída que me dejaría una cicatriz.

Veo una foto. En ella estoy junto a mi padre. En la rodilla, una curita. Observo la cicatriz -eso que quedó-. Se parece a la sensación de pegar la oreja a una caracola.

Dice una postal que tengo enfrente: “la memoria no la tumba la marea”. Si el cuerpo y sus marcas hablan de la propia historia, la mía es la resaca de los doce años.


martes, 26 de febrero de 2013

1.



Y la tierra estaba vana y vacía, y había oscuridad sobre la faz del abismo, y el espíritu de D-os se cernía sobre la faz de las aguas. Y dijo D-os: Haya luz, y hubo luz. 

Parashat Bereshit (Génesis 1:2-4).

**

La primera vez que sentí conciencia de algo yo estaba en el vientre de mi madre. Comenzó con un sobresalto que largó una cadena vertiginosa y oscura de pavor. Fui concebida con miedo; uno enorme que subía por la columna vertebral. Pero yo no sabía nada de mi cuerpo, ni de qué significaba el temblor que recorría la espina dorsal. Sentí miedo sin saber qué era el miedo.

Luego tuve una gran agitación que, me parecía, venía de muy adentro; y un cúmulo de imágenes e impulsos visuales provenientes de aquella que habitaba. El recuerdo tiene mucho de poroso. Vi con los ojos de mi madre la ciudad desde un taxi. Vi la oscuridad de unas casas por una pendiente. Vi el perfil de mi padre. Vi que todo en frente se movía en comunión con el propio cataclismo. No sé cuánto duró toda esta maniobra. En el recuerdo ese tiempo primero es la eternidad de esas imágenes.

Después hay un bache en la memoria. Tengo un partir agitado a lo que, supongo, es la clínica donde me van a dar a luz y luego una luz interna, distinta a esa a la que me van a dar. La luz aquella no se ve, sólo se siente. Es caliente y abriga. El miedo vuelve pero ya no reina; se funde con la luz. Siento que muevo y enrollo las manos y que mi mamá hace lo mismo. Parece que ya es hora de abandonar lo que me guarece. Ahora el miedo es todo mío.

Muchos años después, quizás cuando tenía seis o siete, narré a mi mamá aquello que denomino mi primer recuerdo: la sensación del vientre materno. Siempre temí que se tratase de una ficción para contarme alguna cosa; o, como en los sueños, de una historia que solapa retazos del subconsciente. Pero esto era distinto. La sensación vívida que estuvo presente en mi infancia más temprana fue constatada por mi madre. En la madrugada de aquel 9 de abril ella asistió a esa repetición de sobresaltos desde el taxi, al temblor y las manos que se enrollan. A mi madre le podía el miedo de vivir que era el mismo miedo de morirse. Nacer con eso es una herencia. A veces me siento particular no tanto por lo que soy, sino por mi historia, que es buena parte de lo que soy. Si lo pienso con detenimiento, sin embargo, una historia marcada por la muerte no tiene nada de particular, pues la muerte es de lo más común en la vida. Todos tenemos una historia marcada por la muerte porque la historia pertenece al pasado y el pasado pertenece a la pérdida.
Recordarlo supone perderse en un fractal. Cuando pienso en el miedo de mi madre como sentimiento fundacional, me viene a la cabeza el poema de Adrienne Rich: “Ya pasó. La mujer que alimentaba su dolor ha muerto. Yo soy de su linaje. Amo la piel cicatrizada que heredé, pero quiero caminar contigo ahora, luchando contra la tentación de hacer oficio del dolor”.

Es la primera vez que escribo el recuerdo. Esto es lo que la memoria ha parido.

miércoles, 2 de mayo de 2012



Roma

Hay algo en cada rincón de una calle, allí en las esquinas, que rebota respuestas. Baste pensar y lanzar una pregunta al aire, como si se tratase de la moneda de la suerte, para que haya un cruce de intensiones y palabras en la esquina siguiente, cuando no en la misma. Quizás se trate de una obstinación en las ideas que conecta momentos y personas para fortuna del azar. Es así como el hombre del metro puede preguntar a una rusa si es colombiana después de recordar que aquí piensan que soy rusa; o una mujer decir a su acompañante "éste es el café del Greco", segundos después de preguntarse por él. Parece que el mundo nos dicta instrucciones ["vaya por aquí, gire allí, cruce por acá"]. Eso también nos lo debe la cuántica. 

lunes, 23 de abril de 2012

¿Es que mi plata no vale?

Federico solía decir que lo que no se soluciona con plata se soluciona con mucha plata. Un día tuve diez años y una agenda de Jean Book con bolsillos secretos y anillos plateados. La agenda la compré con veintidós mil quinientos pesos de ahorro infantil programado en un CAFAM que hoy es Éxito porque, aunque no lo crea, para llegar al Éxito hay que quebrar primero. Por aquellos años mis arcas se alimentaban de cinco mil pesos diarios, de los que gastaba tres mil y ahorraba dos mil. Si no hubiese crecido, ya me habría pensionado. Paradójico.

Otro día tuve once años y guardé un billete de diez mil en la inversión de veintidós mil quinientos como en una matrioska del ahorro. Hay una lógica bonita en esas estrategias: ahorrar el dinero esconde un apego, pero ocultarlo en un bolsillo cualquiera es uno distinto al de guardarlo bajo el colchón o depositarlo en el banco. Uno se ata a un billete de diez mil y lo lanza al olvido y el azar. Lo dobla con especial atención, lo deja en el bolsillo más hermético, se olvida de él y renuncia a la inmediatez de su cambio; no lo destina a un fin concreto ni mundano, sólo se le guarda como una postal de Italia o un tíquet de tren.

Pasan siete años y el papel con la cara de Policarpa sigue siendo eso: un billete de diez mil pesos, ni más ni menos. Claro, a los once años con ese retazo uno comía por dos días, tomaba cuatro buses y compraba cinco paquetes de chocolatinas pequeñas en CAFAM [como en una matrioska del chocolate]. A los dieciocho, con esa hojita, pagaba las fotocopias de una sola clase, e niente più. Pasan siete años y entre tanto se destina un billete a estar, hasta que un buen día llega un sueño y en ese ritual nocturno se descubre entre la utilería la agenda de Jean Book con sus bolsillos. El despertar tiene algo familiar, aunque no lo suficiente para sospechar el secreto. El cuerpo se levanta, arrastra el manojo de carne y huesos en pijama y sin dinero rumbo al estudio y escarba hasta encontrar la agenda. Uno la abre, la huele, pasa las hojas y se pregunta cómo carajos pudo invertir veintidós mil quinientos pesos moneda corriente en semejante cosa. Pasa la página final y como guiado por una intuición, mete la mano en el último bolsillo en el que el tacto advierte un papelito doblado. Fuerza su salida como esperando encontrar un recibo con "fondos insuficientes", pero a cambio emerge de la matrioska del ahorro la muñequita más pequeña con cara de Policarpa. Uno sonríe y piensa "dios mío, diez mil pesos y yo sin plata" y recuerda a CAFAM y la inversión mayor y los ahorros y la vida a los once años. Entonces se entiende qué es eso de "le estamos poniendo el alma", que no se parece en nada al slogan de Bancolombia. 

Ayer D en sus delirios de mañana dijo medio dormido que debajo de su cama tenía el cadáver de una chica y un billete. Ahora que lo pienso, esas dos cosas juntas se parecen bastante a un billete de diez mil.

lunes, 9 de abril de 2012

Él





Él vive solo y tiene miedo. Lo acompaña el miedo y se siente solo porque el miedo lo acompaña. Él dice que la vejez es un trauma. Habla mucho, cuando puede. Habla y habla y habla como si hubiese estado perdido y llega alguien y lo encuentra, aunque el único encuentro que vislumbra es el de su cadáver y los vecinos alerta porque esa cosa huele mucho y seguro se murió. A él le gusta jugar billar y un día me enseñó. Es muy bueno, tanto que se quedó solo; además siempre ganaba. A veces entra a los billares a ver jugar. Raro que no le charle a nadie porque él siempre habla y habla y habla cuando puede. 

A él le gusta salir por las calles a caminar, a rozar el frío, a leer el periódico, a meterse en las iglesias. Se cuela en San Francisco no porque sea creyente, sino porque en las iglesias uno va solo y no se piensa solo. Las iglesias están echas para eso; el fervor no admite compañías. Cuando era pequeña yo hacía lo mismo. Tampoco era creyente pero entraba en ellas para huir. La calle me parecía hostil y la iglesia alejada y silenciosa y segura. A veces repito los discursos de él y algunos de una ella sin querer. 

Él es chistoso y crudo. Y habla y habla y habla. Dice que vive como un perro callejero, "como barca sin barquero, solo con su soledad". Es verdad lo del perro, un perro poeta. Él ha vivido mucho y ha querido olvidar otro tanto. Cuenta que le fue mal en el amor pero que nunca le ha gustado rogar. Por eso seguro va a las iglesias y no ruega, como yo. De esas veces que habla y habla y habla cuando puede, recuerda cuando vivía en Italia y se enamoró de una profesora que se llama Lucía. Él era guapo, ella también. Ella le daba besos y él se emocionaba. Si él se hubiese quedado en Italia a lo mejor estaría con Lucía y yo no estaría escribiendo esto. Sin embargo, él volvió y dejó a Lucía y la vida le hizo creer que en un día como hoy ya no estaría solo. Un día se quedó solo y yo conocí a Lucía. Las cosas siempre se devuelven en algunas puntadas como en un tejido croché. 

El pensó que desde hoy ya no estaría solo y aunque se siente solo ya lo felicité. Cada vez que lo felicito pasa un año y cada uno está más viejo y más solo por su lado. Cuando cumplí ocho años él no se sentía solo, sobre todo porque yo lo tenía a él y él a mí y nadie más pensaba que yo tenía derecho a cumplir años ese día. Siempre que cumplo años me acuerdo de él y de mis ocho años y lo felicito. Hoy no debería estar solo; quién lo diría, pero en esto de sobrevivir el mérito es todo suyo. 

sábado, 7 de abril de 2012

Ella



María tiene 92 años y es medio sorda y aguardientera. También tiene un corazón gigante, de los que botan sonrisas a los extraños. 

- "María, ¿por qué no se consigue un novio?"
- "¿Y yo para qué quiero un novio?"
- "Pues para que la saque a pasear".
- "Para pasear yo necesito es plata, no un novio".

María dice que los hombres se van si uno no les preparara el almuerzo. "Los matrimonios ya no duran porque las mujeres quieren mandar y eso no es así. Si uno se casa, el hombre es el que manda". María se casó con Alfonso hasta que la muerte los separó. Alfonso la quería mucho y siempre tomaron juntos. Él era diabético y le quitaron una pierna. Pero es que a María le gustaba tanto el aguardiente, que a Alfonso no le importó la pierna si la lógica era acompañarla en sus tragos. 

María me regaló un reloj porque ya casi cumplo años. El reloj era de ella pero me lo dio porque sí. Nunca compra nada; todo lo que regala es de ella. Uno le dice al reloj "¿qué hora son?" y de repente responde "son las horas del corazón". Claro que el reloj de María no quiere que me case, pese a que antes eso era lo importante. "A Alfonso lo asediaban mucho pero yo me batí entre todas esas viejas y me casé. Antes como que era así, las niñitas se peleaban por un viejo ahí echado". María se casó joven pero el reloj que me dio no quiere que me case. Ella, en cambio, dice que mi primo, un año mayor, ya está en edad de casarse. "Pero mejor que no se casen tan jóvenes porque se consiguen malas muchachas"… de las que no hacen el almuerzo, supongo. 

María dice que soy igualita a Gladys. "Si fuera un poquito más trigueñita sería calcadita". De Gladys heredé casi todo menos algunas cosas esenciales: el pelo, la estatura y la cabeza maltrecha. Lo del pelo es triste cuando sueño que me peino frente a un espejo; lo de la estatura también porque de ser más grande intimidaría mucho y a lo mejor a uno lo quieren proporcional a la estatura. Carlos piensa que sí heredé la cabeza maltrecha, aunque quiere creer que no. Graciela piensa lo mismo y a veces lo niega y a veces lo afirma. Yo no quiero la cabeza maltrecha de Gladys. Yo digo que esa se la llevó Ricardo que de pasó se la quitó en un día de locura. Gladys y Ricardo se parecían mucho, sobre todo porque Ricardo sí era más trigueñito, alto y de cabeza maltrecha. 

María era tía de Gladys. La primera tiene 92 y la segunda murió a los 51. Siempre pensé que Gladys había muerto a los 48, que había parido a Lizeth a los 39 y que Carlos le llevaba 19 años. Gladys no era aguardientera como María, sólo le gustaba bailar y bailar como si no hubiese mañana. Y no hubo mañana. En eso también me parezco a Gladys. Normal.

- "María, ¿por qué no se consigue un muchacho?"
- "Porque si me consigo un muchacho me mata".

María me regaló un reloj al que le preguntaba "¿qué hora son?" y en seguida le respondía "son las horas del corazón".

jueves, 29 de marzo de 2012

Ellos

Ella era el amor de su vida, pero la loca lo mató, imagínate. La verdad él ahorita dizque está muy bien, aunque él siempre es así. Sí, no, super querido, pero... y él ahorita trabaja. Sabe qué, a ese man lo pilló el sueño y a la mujer la cascó y la dejó enferma. La dejó en cama por quince días. ¿Y viendo que está mi marido se atreve a irrespetarme? Eso tiene un precio, Dios te bendiga. Bendito Vagabundo. Volvió y se le creció esa cosa. No pasaba la familia. Toc tac toc tan srr, toc toc, toctoc toc tac shh, toc tac toc toctoc. Mi amor, ¿sabes por qué estoy segura? Mira esa construcción, mira esa.

viernes, 13 de agosto de 2010

Funesta-mente inmemoriosa



¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido!
Julio Cortázar - Tu más profunda piel


Se llama Delisa, tiene cabellos cortos y blancos, y una figura pesada que a penas camina. Pasa el día viendo a la ventana de contornos citadinos, tan distinta a aquella ciudad de potreros y humo de chimenea que le tocó de niña. Delisa vive en un año indefinido, "mil novecientos algo…", pese a que hace diez cambió el siglo y las cifras del XX nos suenan tan añejas. Tampoco precisa el día y el mes, no sabe si es primero de julio y le toca cumplir años o cualquier otra fecha del plañido calendario. Le preocupa, eso sí, que sean las once y cuarto y aún "no se haya puesto a hacer el almuerzo", que se asomen las cuatro de la tarde y de repente piense que está tardísimo, que lleguen las seis y media y le den ganas de tomar leche o quizás las ocho o nueve y afirme "mija, ya le arreglé la cama, por qué no se acuesta".

Delisa sabe bien las tablas de multiplicar y no duda -como yo- cuando le preguntan cuánto es ocho por ocho. Recuerda con precisión el teléfono de mi casa -lugar donde ella también vivió hace años-, el rostro de mi padre, y esas fechas del pasado que al resto de la familia siempre escapan. Pero Delisa no recuerda si ya almorzó o se tomó la pastilla, cómo se llaman sus nietos o lo que leyó hace dos minutos. Tiene Alzhaimer.

Hablar con Delisa es una experiencia bien extraña: pregunta infinitamente las mismas cosas, vive historias paralelas de secuestros y fugas y algunas veces hasta burla a su interlocutor. Dice -para mi propia risa existencial- que me le parezco a Lizeth León, la hija de su primo Carlos que es hijo de su tío Carlos Francisco, que es hermano de su mamá Helena que todavía no ha llegado a casa. "Delisa, Helena murió hace años, yo soy Lizeth León, no tengo cuatro años y sí, soy la hija de Carlos, no su tío, su primo". A ella se le enreda la cabeza y sólo atina a decir en medio de un largo suspiro: "entonces mi mamá se murió…".

A veces me pregunto qué pasa por la cabeza de Delisa, qué ráfagas de recuerdos le llegan de repente, cómo es el mundo en el que se olvida el instante. En las noches es usual que se levante a palpar los rostros de los que duermen en su casa, como tratando de reconocer con el tacto lo que olvida con la cabeza.

Me pregunto qué pasa por los olvidos de Delisa y el de aquellos enfermos de Alzhaimer que olvidan masticar y se mueren de hambre, olvidan caminar, olvidan los segundos. Me lo pregunto yo que tengo memoria Funes(ta) y no sé del olvido, arte de pocos. 

lunes, 19 de julio de 2010

'El poeta no poeta'



Sabiamente nuestros amigos de la Revista Soho han sabido revolver el avispero con la inclusión de bellas twitteras en su "suculento" menú de 'La modelo no modelo', bajo la premisa noemisista del TPP (También Puedes Pelarte). La habilidad de la Revista Soho, en cabeza -cada vez más pelada, como las modelos de la revista- de su egregio director don Daniel Samper Ospina, es un modelo no modelo a seguir. Por ello, propongo que la revista más malpensada del mundo 'cultural' colombiano AKA El Malpensante haga copypaste de esta iniciativa y, haciendo gala de su gran creatividad intelectual, dé paso a la sección 'el poeta no poeta'. No serían pocos los representantes de alta envergadura, comenzando por 'el maestro' Juan Manuel Roca, hombre mayor, de gabardina y sombrero de ala ancha, todo un boheme situazionista, modelo no modelo de su estirpe.  

Pero la propuesta no se agota allí. Nuestros malpensados amigos pueden abrir su convocatoria caza talentos -de verdaderos diamantes en bruto-, a la red 2.0. 'Vote Ud. por el poeta no poeta de Twitter, envíenos su blog y desnude sus letras para nuestra revista'. Un rifirrafe de endecasílabos -¿endecaqué?- twitteros se tomará la red, los grupos en FB pululantes, llenos de poesía urbana y erótica, alentarán a nuestras jóvenes promesas de la literatura universal a hacerle caso a sus madres en aquella tarde en que les dijeron "mijo, es que usté escribe tan bonito". No serán pocos; yo también me apuntaré con mi blog malpensado -como la revista- y mis fragmentos nocturnos de plañidera adolescente.

A la Revista le importarán poco aquellas promesas -así como a Soho le tiene sin cuidado la brillantez de nuestras modelos no modelos-. La elite pseudointelectual más malpensada dará a sus ganadores uno que otro bono para participar en su Festival de patio trasero de la casa, al que vendrán reconocidos escritores para deleite de su fila editorial. Entonces tendremos que ver a Oscar Collazos haciendo gala de su "amistad" con Vila-Matas o arruinando la lectura del más reciente libro de este último con sus spoilers sutiles 'que-van-sólo-hasta-la-página-150". 

El Festival seguirá siendo caro y sonso -no hay que abrirle la puerta a los visitantes de las bibliotecas públicas porque esa gentuza no sabe leer-; el 'poeta no poeta' tendrá sus 140 caracteres de fama al desnudo, otros mendigarán la inclusión en esta nueva sección, y algunos iniciarán una cruzada de ensalzamiento mutuo por el título del "modelo no modelo… a seguir". #Unfollowme.

Nota: En homenaje al desaparecido virtualmente @egolaxista, me permito recordar cierto tweet: "si Ud. puede escribir los versos más tristes esta noche, por favor no lo haga". Aunque claro, la libertad del internauta da para todo, incluso para publicitar su mala literatura. Grande Noemí y su versátil TPP: ¡Tú Puedes Poeta!