lunes, 8 de abril de 2013

Habilidades anecdóticas Vol. I

Recuerdo a mi padre enrollando una cuerda en la enorme panza de un trompo. Primero la pasaba por la cabeza como la soga por el cuello del ahogado; luego se desplazaba a la punta metálica, centro de la espiral que se había de ceñir a su cuerpo. “Para bailar me pongo la capa porque con capa no puedo bailar. Para bailar me quito la capa porque con ella no puedo bailar”, repetía en cada giro. Ya con la capa hecha de pita, se unía al trompo pasando la cuerda sobrante por el dedo corazón. Por una extraña metáfora, el lanzamiento no funciona con otro dedo. 

Con el trompo en la mano como si fuese una extensión del propio cuerpo, mi padre se ubicaba en la esquina de un terreno amplio. “Hay que darle pista”, decía. En ese momento explicaba la importancia de la postura de la mano. Los niños de mi generación lanzaban el trompo de frente, sin mayor técnica. Ponían la mano de medio lado y lo mandaban de sopetón. La maniobra parecía más un azaroso lanzamiento de dados. Mi padre decía que antes, en su época, eran las niñas las que jugaban así. Pero como el trompo era un asunto de honor de hombres, él aprendió la mística del lanzamiento a contramano. Se acomodaba, entonces, como un jugador de bolos: ponía el trompo y la mano para sí y, con una cadencia ni muy lenta ni muy rápida, giraba la mano y lo lanzaba tan lejos como podía. A su caída uno sentía el choque del metal con el suelo y el ronroneo de la danza. El trompo bailaba. 

Aquél lanzamiento tenía valor por lo lejos que podía llegar el trompo, aunque el mérito mayor estaba en las gracias ejecutadas durante la danza: tomar la cuerda por los extremos, trazar un círculo con ella en torno a la punta de metal y, sin torpedear el baile, apretar la soga para levantar el trompo y mandarlo a la otra cuadra; o extender la mano con la palma hacia arriba mientras el trompo baila en el suelo, separar los dedos anular y corazón, rodear con ellos al que danza y seducirlo para que traslade su pista a la propia palma de la mano. Luego de que el trompo hiciera lo suyo sobre las líneas del destino, en la cuadra siguiente, el dueño de la maniobra dejaba que el trompo volviera a su pista natural. Así, de cuadra en cuadra, se jugaba aquello que en la infancia de mi padre llamaban “calles”.

Yo, como los samurais, fui entrenada por mi padre en estas maniobras legendarias. De él aprendí la técnica de “ponerle la capa al trompo” con la tensión justa, las posturas de la mano, los tiempos de lanzamiento. Si lo pienso bien, lo mío con el trompo es una habilidad oculta y aprendida; no es un talento sino el resultado de la disciplina del aprendiz. No es, tampoco, una habilidad práctica. Jugar trompo con cierta maestría es una curiosidad anecdótica como hablar esperanto: no hay que batirse con nadie; no es algo que se vaya mostrando por ahí. 

Algunos domingos mi padre y yo jugamos trompo. Ensayamos los trucos de aquél juego de “calles” en el encierro de nuestra casa. El amor por lo que parece inútil lo aprendí de él. Nos une un lazo invisible atado al dedo corazón.

1 comentario:

jugodemaracuya dijo...

Liz esta entrada es hermosa y conmovedora. Desde el principio hasta el final me hiciste sonreír.

Abrazos para los domingos de trompos.